Revista Ohlalá! – ¿Qué es el masaje tántrico y qué tenés que saber sobre esta técnica?

Francesca Gnecchi te cuenta cómo es esta experiencia en primera persona y te recomienda cómo dar tus primeros pasos.

Son las diez de la noche. Estoy tumbada en la cama organizando mi agenda de mañana y entre todas las actividades tengo resaltado “masaje tántrico”. Agarré mi celular y busqué información. Rápidamente me aparecieron artículos y videos sobre el masaje tántrico, y tengo que confesar que a los pocos minutos le escribí al especialista –con quien iba a tomar la sesión– pidiéndole disculpas.

¿Hacerme masajes completamente desnuda? Me costaba hacerme a la idea. Pero mi relación con el tantra no terminó ahí, sino todo lo contrario: ahí recién estaba comenzando.

El primer paso lo di junto con mi compañero realizando una meditación erótica para parejas. Él no continuó experimentando, pero yo sí y ahí entendí que, incluso en las cuestiones referidas al cuerpo y las prácticas eróticas, una puede animarse a buscar su lugar, sus sensaciones, y a realizar su propio camino de exploración. Siento que, en todo este tiempo, el tantra me enseñó mucho acerca de mi cuerpo, me hizo descubrir que vivimos una sexualidad muy sesgada, que nos falta mucho por aprender y que tenemos infinitas posibilidades de sentir y activar nuestra energía sexual. Ahora sí me siento preparada para experimentar el masaje tántrico, abierta a todas las posibilidades y sensaciones que tiene para ofrecerme.

El encuentro con la desnudez
Me recibe Maximiliano García, el experto y director de la escuela tántrica, con su atuendo blanco en un gran salón con pisos de madera, hermosa luz natural, una música tenue y riquísimos aromas que me envuelven. Dejo mis zapatos antes de entrar y empiezo a sentirme un poco más relajada y preparada para dejarme llevar. Tenemos una conversación inicial, en la que me invita a concentrarme en los motivos que me llevaron a estar ahí y en mis objetivos con esta actividad, y luego me deja sola para que me prepare.

Me saco toda mi ropa, mis pulseras y anillos y me recuesto boca abajo en un gran futón. Llevo una sonrisa de oreja a oreja, pero por adentro también me acompañan algunas sensaciones de incertidumbre. No es la primera vez que estoy sin ropa frente a otra persona; mi paso por diversas actividades de tantra me ayudaron a cambiar mi percepción sobre la desnudez, a bajar el sentido de culpa relacionado con el placer y a sentir una liberación y amor hacia el cuerpo mío y de otras personas que realmente agradezco y siempre que puedo recomiendo.

Foto: Anahí Bangueses

Las primeras sensaciones
Ya estoy lista para empezar el masaje. Cierro los ojos. Las manos de Maxi con aceite tibio se posan sobre mis tobillos y comienzo a sentir que recorre muy lentamente mis piernas, y al poco tiempo logro bajar mi ansiedad y relajarme, mientras su voz me invita a respirar lento y profundo durante toda la experiencia.

Me concentro en la música y logro notar que sus manos se mueven con delicadeza y dulzura al compás de la melodía. Luego siguen subiendo y todo mi cuerpo comienza a recibir el calor del aceite. Poco a poco, la respiración, los aromas y los sonidos se unen para que entre en un estado meditativo muy presente. Ahora mi cabeza, mi pelo, mi cara, mis labios, casi el cuerpo completo es recorrido mediante un tandava, una danza tántrica meditativa que realiza el maestro. Estos movimientos fluidos acompañan y dinamizan la circulación de las emociones y de cualquier movimiento energético.

Dejar salir la energía sexual
Sutilmente, siento que ahora es él quien me ayuda a girar para quedar de costado, permitiendo así el recorrido respetuoso por mi espalda, mis muslos, mis lolas y piernas. Ese ir y venir de las manos y antebrazos por mi columna comienza a despertar espasmos que dejo libres. En ningún momento busco controlar nada de lo que está pasando, sino que me entrego completamente a la experiencia. Si bien en otro contexto hubiera querido retener los saltos que sentía, hoy simplemente me permito dejarlos ser.

Los espasmos, por momentos, son más intensos; la sensación es bastante similar a la de estar por llegar a un orgasmo. Estar muy cerca, bajar, volver a subir y así continuamente, con momentos de mucha calma y otros más intensos. En ocasiones, mi espalda se arquea y se eleva del futón dejando huecos libres para ser tocados. Siento que mi energía sexual está en movimiento constante desde el chakra raíz, que está ubicado entre el ano y mi vagina, hasta el último, ubicado en la coronilla. Por momentos, estoy gimiendo de placer, por otros me río a carcajadas y en algunas ocasiones, como cuando sus manos se posan en mi garganta, también siento una sensación de angustia.

La contención es clave
El tiempo fue pasando (aunque una pierde un poco la noción temporal) e incluyó el recorrido por mi otro costado y continuó boca abajo. Si bien el masaje duró más de dos horas, siento que podría haberme quedado dos horas más. El placer que experimenté no fue solo en los momentos de espasmos orgásmicos, sino también en el de sentirme apreciada, cuidada, contenida, parecida a esa sensación que sentís al recibir un abrazo cuando más lo necesitá, cuando sentís que hay alguien ahí que te está cuidando para que vos puedas soltar todo lo que te pasa, que por momentos son gemidos de mujer y por otros, llantos o risas de niña.

El masaje tántrico tiene una serie de posturas secuenciales y cada una termina con una especie de “cierre”; por ejemplo, uno de los momentos más íntimos incluyó su mano sobre mi vulva haciendo conexión en el chakra raíz y luego la unión de nuestros chakras para un sostén energético más profundo e intenso. Luego de estos “topes energéticos”, el masaje concluye con su mano posada en el centro de mi corazón y la otra en mi frente. Ese cierre tan amoroso resultó para mí muy revelador. Me recorre una sensación de felicidad, mezclada con mucha emoción y llanto profundo. Siento que ahora puedo ver a mi cuerpo de forma completa y sentir su potencia. Me agradecí a mí misma por animarme a ir por lo desconocido, por atreverme y dejar atrás los miedos y tabués para comenzar un viaje que me cambió.

Foto: Anahí Bangueses

Lo que aprendí
Confieso que antes de realizar la experiencia relacionaba el masaje con una búsqueda sexual. Pero fui mucho más allá. Llegué a conectarme con momentos de mi vida, volver el tiempo atrás y soltarme para explorar sin sentirme juzgada para animarme a sanar desde un lugar que siempre creí que solo estaba relacionado con lo sexual. Con el tantra descubrí:

  1. Que nuestros cuerpos son un templo sagrado: por lo que debemos respetarlos y cuidarlos con amorosidad.
  2. Que no es una búsqueda solo sexual: el tantra puede cambiarte la percepción de la sexualidad y de tu cuerpo, pero también puede ayudarte a sanar traumas, a abrirte, a relacionarte, a despertar desde un nuevo lugar.
  3. A cambiar la mirada sobre la desnudez: en estos encuentros la desnudez es tan natural que una puede sentir la necesidad de liberarse y dejarse llevar. Acá lo genital no es visto desde el mismo lugar desde el que solemos verlo en la sexualidad occidental, donde, por lo general, recortamos el cuerpo y los genitales son el foco, dejando que otras áreas de mucha sensibilidad se vayan durmiendo. Con este masaje les devolvemos la vida.
  4. A soltar las presiones que tenía con mi cuerpo: antes de comenzar con estas prácticas, a veces lo juzgaba y no lograba soltarme. En ocasiones, ocultaba partes que no me gustaban y me miraba al espejo algunas veces con cierto desprecio, pero hoy lo veo como un templo al que debo cuidar.

Por Francesca Gnecchi

Fotos: Anahí Bangueses

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